
A ese Madrid al que los poetas ponen nombre de mujer, buscando en ella una musa, no le salen las cuentas. Enmudecida y aburrida, echa de menos el pulso frenético que añoran quienes calculan sus pasos por el salón de casa soñando que divagan a orillas del estanque de El Retiro. Demasiada paz para una ciudad acostumbrada a vibrar bajo la suela del zapato del turista y el dibujo gastado de los neumáticos. Demasiado silencio para aquellos, los de aquí y los de allí, que han amado esta ciudad en los umbrales más altos del jolgorio, en el bullicio a las puertas de los bares e, incluso, en el chillido de las ambulancias que ahora se escuchan llegar con más...
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