Hay corazones que han saltado por la boca en el estadio de Nueva Jersey. Así lo sienten los españoles que lloran, ríen, se abrazan y levitan después del relato único que han vivido. España es de nuevo campeona del mundo. Una ilusión única, compartida y maravillosa que sucede en 120 minutos inolvidables . Argentina, el campeón vigente, se ha plegado a la voluntad de una generación memorable que recoge el premio merced a su jerarquía y voluntad. Toda España acompañó y empujó ese remate de zurda de Ferran que otorga la Copa del Mundo. La Copa del Mundo, oro de 18 quilates con dos anillos de malaquita en la base, asoma en público en una caja patrocinada antes del discurso de Tom Cruise , que decepciona porque no se marcha volando. Iniesta de mi vida y Mario Kempes el Matador argentino muestran el trofeo a las aficiones y a los equipos que se aprestan a conquistar la mayor pieza del fútbol. Argentina ha cambiado medio equipo en una versión albiceleste del Atlético y se aplica a una estrategia poco común en su repertorio: presionar a España cerca de Unai Simon. Una pretensión que no altera a la selección, cuyo canal de huida siempre está preparado a través de la técnica y la finura de Rodri, Laporte o Dani Olmo . La selección se ajusta a su modelo, enlaza pases, toca con elegancia, imponente Rodri en cada extensión hacia el ataque. Pero no hace daño a Argentina en la primera y tal vez decisiva. Lamine Yamal ha estado timorato, sin el colmillo que destila su imaginación. La ha pegado blanda en posición de ventaja y el rebote en una pierna suramericana lo ha detenido Dibu en un jugada de confusión y estrés. Messi tarda 16 minutos en tocarla, nunca se podrá decir que no es partido para él, pero su equipo juega a otra cosa. Tagliafico es una fiera que muerde cada posesión de Lamine, Lisandro rasca siempre a Oyarzabal, que se ha desconectado de la primera parte, y los centrocampistas argentinos muerden al límite de la legalidad en cada duelo. Es la final del Mundial, partido inmenso que España juega con personalidad. Argentina no ha hecho una ocasión potable en 45 minutos. Lo más, un pase de Dibu, mínima elaboración que Julián persigue con fe hasta obligar a Unai a mostrar que los pies no son lo suyo, por más que ha mejorado con los años. A falta de entrar combinando en el cerrojo albiceleste, España promueve otro método, chuta de lejos. Una solución inteligente. Oyarzabal y Cucurella rondan el gol. Argentina sacará lo mejor cuando esté perdida, esos últimos minutos temibles, pero ahora no amenaza. España suma otra captura cuando nadie se acordaba. Lisandro, el central con tarjeta, también se echa al suelo. Lesión muscular. Como el francés Saliba, el belga Courtois o el portugués Nuno Mendes. La flor de un buen hombre, Luis de la Fuente… El destino vuelve a hacer un guiño a la selección, se repite la historia de las eliminatorias en este Mundial. Es una premonición que alimenta el alma, porque en el grupo de De la Fuente vale más la repetición del placer conocido que el enigma de lo nuevo. España ha gobernado la primera parte, juega mejor que su grandioso rival, ha llegado más veces y tiene más ganas de ganar que miedo a perder, pero el marcador en Nueva Jersey dice 0-0 al descanso. Scaloni refresca con piernas frescas a Argentina, pero el partido pertenece a España, que acelera, roba con más frecuencia, presiona e impide un solo acercamiento a Unai. Es la España que quiere, que empuja a través de la inteligencia y la técnica. Ha salido Pedri para garantizar visión de juego y más leña a la portería de Dibu Martínez.El portero con el pelo oxigenado ha empezado a dudar, provoca zozobra en su equipo y anima a España con una par de salidas de puñetazos al aire. La final es de España, tiene que serlo. Es un ejercicio de fe silenciosa, magnífica la respuesta ante la defensa a ultranza de Argentina, que no sale de su campo, no propone y no ha encontrado a Messi en toda la tarde. La selección ronda el gol en una cadena de saques de esquina, entradas por las bandas y combinaciones que culminan en remates de Ferran, Pedri, Cubarsí, Laporte. Tal vez gane Argentina en cualquier arrebato, pero España es mejor. La insistencia de la selección es contagiosa, encomiable, definitiva. Argentina solo achica, da pelotazos, saca la escoba. Pero hay desesperación en el campeón. Todo queda plasmado en la expulsión de Enzo Fernández, ansioso y tardío en el duelo con Cubarsí. El golpe en el pie es la segunda amarilla. Otro partido. Aún la tiene Lamine en una falta directa que entona los sonidos del gol, pero esta vez Dibu saca al gigante que lleva dentro y con su parada provoca la prórroga. No hay más que un equipo en el tiempo extra, España sigue generando y fallando ocasiones. El cabezazo de Nico que saca lo mejor de Emiliano Martínez, la mano extendida y fuerte, el gol anulado al delantero del Athletic por un pisotón de Merino a Otamendi que hay que ser muy valiente para pitar, y el remate fuera del que nunca falla, Merino con la portería para él. Solo puede ganar España esta final memorable, que se ha construido con una convicción absoluta en una idea, más sangre, sudor y lágrimas. Y el gol llega por esa mezcla de talento y fe. El centro de Pedro Porro, el cabezazo atrás de Nico y el zurdazo certero de Ferran. Un zarpazo que queda para siempre, el gol de Ferran, para la eternidad. Pero Argentina no se ha rendido. Como siempre exprime su orgullo en la recta final. Una angustia para España, que sufre paradas cardiacas con cada córner de Messi y ese remate de Giuliano que hiela la sangre.
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