domingo, 13 de octubre de 2019

Juzgan a la mafia georgiana que surtía a los compro-oro de Madrid

El 15 de marzo de 2015 a tres vecinos del barrio del Pilar de Madrid les desvalijaron sus pisos (dos en el mismo bloque): joyas, relojes, gafas, portátiles, tabletas y dinero en efectivo. Un botín suculento en unas horas. Los ladrones abrieron la puerta con una ganzúa. Eran «soldados», miembros de células a las órdenes de una mafia georgiana a la que llegó a atribuirse más de la mitad de los robos de viviendas cometidos en la capital. En julio de 2015 buena parte de sus escurridizos integrantes (43) cayeron en la operación Aikon I. El juez, en una decisión sin precedentes, los dejó a todos en libertad pese a que algunos acababan de salir de prisión y su historial delictivo era conocido por varios países. Hoy comienza el juicio contra ellos en la Audiencia Nacional. Cuarenta acusados (algunos están huidos) a los que se imputan robos con fuerza, tenencia ilícita de armas, tráfico de drogas, extorsión, receptación, falsedades documentales y blanqueo. Los objetos robados acababan en varios compro-oro de Madrid, fundidos, o convertidos en remesas (464.000 euros) que enviaban a sus familiares y acabaron en 41 países, y servían además para nutrir la caja común u «obschack» mafiosa. A esa caja contribuyen todos los ladrones para pagar abogados, repatriaciones y ayudar a las familias de los presos. Está previsto que la mayoría accedan a un acuerdo de conformidad alcanzado con la Fiscalía Anticorrupción, que rebajará sustancialmente sus penas (entre uno y cinco años). El jefe era Zviad Darsadze, un «vor v zakone» o ladrón en la ley, coronado en 2000, que había salido de prisión poco antes tras ser detenido en 2010 en la «operación Java» (más tarde sería condenado y actualmente está encarcelado). Zviad había prosperado. Pasó de ser el «contable» de la caja común a recibir el dinero de la misma, el guardián de los fondos y el encargado de impartir justicia y dirimir conflictos. Supervisaba a las células de ladrones de pisos, les abastecía de útiles para los robos, participaba en la planificación e incluso hacía vigilancias por mucha corona de vor que tenía. Desde esta posición superior tenía contacto con otros miembros de la organización de Francia, Italia, Alemania o Suiza. La caja común Le ayudaba su gente de confianza: su mujer Irma Jgeria, que vive en San Sebastián de los Reyes, y a la que llegaban los fondos mediante transferencias que luego gastaba en Versace o Pedro del Hierro; su hermano Mirza Darsadze, heroinómano que se desenganchó en la cárcel y volvió a las drogas tras salir, y sus lugartenientes Archil Giorgobiani, alias «Achiko» también condenado en Java; o Merab Toroshelidze, que recogía las joyas y las entregaba a terceros para que las colocaran en los compraventa de oro. Merab recaudaba el dinero y buscaba pisos y coches para las células de ladrones. Estas tenían una actividad frenética y el relevo era continuo. Los «soldados» llegaban en masa para robar en España, con préstamos si hacía falta o incluso vendiendo una vaca de su familia, como acreditaron las escuchas. La otra gran pata del grupo mafioso era la especialización patrimonial, con operaciones simples, que se ejecutan en España y en el extranjero, sobre todo Georgia. Una parte de esta actividad no ha podido ser acreditada por las medidas de seguridad que tomaron. Entre 2014 y 2015 la organización movilizó fondos por valor de casi 648.000 euros procedentes de robos utilizando las principales remesadoras y con 757 identidades distintas. Las «mulas» del dinero saltaban también de un país a otro. Muchos robos ni siquiera se denunciaron. Esas joyas de familia acabaron fundidas y engordaron la caja de la mafia georgiana. La factoría del espía: los «juguetes» para reventar puertas de viviendas «¿Tú lo que quieres son juguetes?». Es un fragmento de una llamada intervenida por la Policía en 2015 entre dos miembros de la organización de ladrones. Los «juguetes» y «manguitos» de los que hablan en varios momentos son los objetos para abrir las puertas de las viviendas que desvalijaban. Merab Toroshelidze era el controlador del grupo, el que supervisaba y abastecía a las células operativas de ladrones. Un tipo muy apreciado por los suyos que igual conseguía a los chicos una ganzúa especial en la «fábrica de juguetes» que unos gramos de heroína o un abogado de confianza, si eran detenidos. El dueño de la «factoría del espía» era Juan Carlos Hernández, un individuo que usaba ocho identidades, acumula 52 antecedentes policiales y suministraba el material.

De España https://ift.tt/2q3A6C7

Related Posts:

0 comentarios:

Publicar un comentario