
Entre los camiones de paja que se dirigen a las montañas, una camioneta arrastra el esqueleto negruzco de un coche destartalado que tose ceniza. Seis días después de que empezara el incendio de Navalacruz, el mayor de la historia de Castilla y León, todas las conversaciones rumian en torno a él, y algún rescoldo queda. El monte ha muerto. Aunque los que contemplan el impacto desde las gasolineras del contorno, desde los bares de los pueblitos al norte de la sierra de la Paramera (Ávila) o desde las propias casas de municipios como Robledillo o Niharra, le dedican sobre todo silencios sombríos. «Horrible» es la palabra del momento. Allá donde acaban los campos de trigo ya no se encuentra la...
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