
La NBA a veces se mide en mercados. Las ciudades que albergan a sus treinta equipos no solo son atractivos para jugadores y patrocinadores por sus proyectos deportivos. A la hora de firmar un contrato, pues, acostumbra a entrar en la ecuación el nivel de vida de las urbes, su capacidad en servicios o la salud de su economía. Así, en la cima, están destinos como Los Ángeles, Chicago o Nueva York, siempre a tener en cuenta aunque sus franquicias no gocen de la regularidad de la victoria. Otros, como Memphis o Charlotte, no tienen este beneficio. Es por esto que sorprende que el mejor equipo de la liga esté, a día de hoy, en Salt Lake City, una ciudad del Estado de Utah de cerca de 200.000 habitantes. Los Jazz han ganado 23 de sus 28 partidos esta temporada y su sólida cultura deportiva, no es algo novedoso. Salt Lake City, en el oeste y cerca de las Montañas Rocosas, es una ciudad postal. El centro, repleto de altos edificios, está amparado desde la lejanía por los montes Wasatch y el Gran Lago Salado, la masa de agua que da nombre a la ciudad. También es el hogar de la sede mundial de los Santos de los Últimos Días, una rama del cristianismo conocida coloquialmente como los mormones. Curiosamente, Utah, en su conjunto, es conocido con el sobrenombre del «estado mormón», pues cerca del 60% de sus habitantes procesan el culto y son descendientes de los primeros creyentes de la religión, que huyeron del este del país en el siglo XIX por la persecución que sufrían y acabaron por instalarse en la zona. Una religión peculiar, que prohíbe el consumo del alcohol o de bebidas con cafeína o requiere el ayuno de sus practicantes una vez al mes. Pese a sus anomalías, la ciudad obtuvo su primera y hasta ahora única gran franquicia deportiva en 1979, los Jazz de Nueva Orleans, como no podía de ser otro modo. A día de hoy, son la ciudad más pequeña de todas las que albergan un equipo de la NBA. Un perfil modesto que se disipó durante la década de los noventa, cuando bajo se escudo jugaron John Stockton y Karl «El Cartero» Malone, una pareja envidiable al que solo un Jordan febril y crepuscular consiguió arrebatarles un trofeo (finales de 1997 y 1998) que aún no han levantado en su historia. Un equipo coral Pese a que los actuales Jazz cuentan con individuales de renombre (Mitchell, Gobert, Clarkson), aunque no de la talla de la pareja de oro antes mencionada, es su colectivo lo que les hace prácticamente irreductibles. En la NBA de las individualidades, donde figuras como Doncic o Curry son capaces de martillear el aro de principio a fin de un partido, los pupilos de Quin Snyder han conseguido enarbolar la idea del baloncesto coral, del pase como conducto para el éxito. Buena prueba de ello fue el partido que enfrentó a los de Utah con los Philadelphia 76ers (segundo mejor equipo de la liga) en la madrugada de ayer. Ben Simmons y Tobias Harris, de los segundos, hicieron 42 y 36 puntos respectivamente, pero solo cuatro compañeros consiguieron anotar. En cambio, en los locales, nueve jugadores atravesaron el aro. Los cinco titulares sumaron 76 puntos, una actuación redondeada por Clarkson, candidato a mejor sexto hombre de la temporada, con 40 tantos. Salt Lake City, pese a ser un pequeño punto en el gigantesco mapa de Estados Unidos, ha acabado por convertirse en un objeto de culto en la liga de baloncesto. Jugadores como Deron Williams, Carlos Boozer, Andrei Kirilenko o Mehmet Okur, bajo las órdenes del legendario Jerry Sloan, ya mostraron hace poco más de una década que el baloncesto es cosa seria en la ciudad. Un equipo que, además, es conocido por 'acoger' a jugadores extranjeros. De sus titulares, actualmente, tres son foráneos (el francés Gobert, el croata Bogdanovic y el australiano Ingles). También pasaron por sus los españoles Ricky Rubio y Raúl López. Muchas peculiaridades, junto a su gran juego, que hacen de los Jazz un equipo del que es difícil no quedarse prendado. Este año, de momento, no hay quien los pare.
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