lunes, 8 de febrero de 2021

Gronkowski, de la lucha libre a campeón de la Super Bowl

En la cultura popular estadounidense, Florida es un estado donde dos generaciones confluyen. Allí, en el sureste del país, los universitarios van a desfogarse durante las vacaciones de primavera mientras los jubilados transitan por su epílogo entre la humedad y el calor sofocante. Cuando Tom Brady, (entonces con 42 años) abandonó los New England Patriots la pasada temporada, equipo con el que había dominado la NFL la última década, encajaba en el perfil de los segundos. Un retiro dorado en los Tampa Bay Buccaneers con seis anillos en nueve finales disputadas que amparaban su condición de leyenda. Hoy, un año después de la llegada del quarterback, el equipo es campeón de la liga tras batir de forma dictatorial a los Kansas City Chiefs (31-9) en la madrugada del domingo al lunes. Pero, y pese a que Brady acapara con razón todos los focos, hay un hombre que bien podría pasar por uno de esos estudiantes atolondrados y que ha protagonizado una de las historias más anómalas del fútbol americano. Se llama Rob Gronkowski y hace dos temporadas, cuando tenía 29 años, decidió retirarse del fútbol americano. Hoy es de nuevo campeón. Cada vez que Brady levantaba cabeza y enfocaba su prodigioso brazo en los Patriots, Gronkowski era uno de los receptores habituales de sus pases. Un gigantón neoyorquino, de 2 metros de altura y 120 kilos de peso, de origen polaco y con alma de pívot de baloncesto, deporte en el que había despuntado en su infancia. Junto al quarterback, y bajo la mirada de Belichick, su entrenador, convirtió a la ciudad de Boston en el gran bastión del fútbol americano en la pasada década. Jugaron juntos ocho temporadas en las que ganaron tres veces la Super Bowl. Pero Gronkowski, en 2019 y tras proclamarse otra vez campeón, dijo basta. «Necesitaba recuperarme, no estaba bien. El fútbol americano me estaba derribando. Estaba perdiendo la felicidad en la vida», explicaba el deportista al poco de oficializar su prematura retirada. No hay duda de que el gen ganador y el magnetismo que desprende Brady fueron unas de las razones por las que Gronkowski se olvidó de su «tranquila vida» para volver al fútbol profesional. Así lo reconoció el jugador tras comprometerse con Tampa Bay el pasado abril (cobra nueve millones). La dupla, además, se convirtió en la mejor de la historia de la Super Bowl en cuanto a touchdowns se refiere. El domingo superaron al mítico dúo formado por Joe Montana y Jerry Rice de los 49ers de San Francisco. Un retiro sin tregua A Gronkowski se le nota en los ojos que es de esos que animan una concentración. El jugador, con fama de juerguista multidisciplinar, ha combinado a la perfección una gran carrera en el césped con varias imágenes un tanto desconcertantes fuera de él. Unas rutinas que ampliaron fronteras cuando el estadounidense abandonó su condición de profesional. La fiesta que prosiguió a su retirada duró un fin de semana en Las Vegas y, durante sus dos años sin fútbol, probó suerte en la WWE, la liga de lucha libre más mediática de Estados Unidos y donde llegó a ganar algún torneo. Una boda en la ciudad de Búfalo, su cumbre. El jugador acudió a la celebración y una de las invitadas le puso una gorra del equipo de la localidad, los Bills. El objeto acabó pisoteado por el jugador hasta la saciedad. Al deporte lo engrandecen tanto sus historias como sus hitos en la pista. Es por esto que en el campeonato que acaban de ganar los Tampa Bay Buccaneers hay tanta miga. El desembarco de Brady en Florida sigue un guión que bien podría estar escrito por Sam Peckinpah, un «grupo salvaje» que se reúne por última vez para dar un gran golpe en un mundo al que ya no pertenecen. Porque Brady, el pasado domingo, miraba a los ojos al que hipotéticamente será su sucesor, Patrick Mahomes, que llegó a la Super Bowl como actual campeón. El joven y prodigioso atleta no paró de moverse, mientras que el veterano Brady solo recorrió 33 metros en todo el partido. Los tres touchdowns que anotaron los de Florida en la primera parte honraron esta idea. Dos de los pases del quarterback acabaron en la manos del ya mencionado Gronkowski. El tercero, en las de Antonio Brown, un gran talento arrinconado por sus propios fantasmas y que hoy obtiene redención. Los Buccaneers solo habían ganado un título en su historia. Con Brady y Gronkowski a la cabeza, comienza una nueva época en la soleada bahía de Tampa.

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