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No llevo la cuenta de los pinchos de tortilla que he perdido en las apuestas de esta columna pero tengo muy claro que la llegada de Bildu y ERC a la orilla presupuestaria del Gobierno me ha salido por un ojo de la cara. Tan pronto como ha visto en lontananza la vuelta del hijo pródigo a la casa del padre, Sánchez ha colmado de besos a los indepes y ha mandado al cuarto oscuro a Inés Arrimadas. Doy por hecho que ya no hay marcha atrás. Algunas gargantas profundas me susurran al oído que aún pueden cambiar las parejas de baile durante la tramitación de las enmiendas, pero yo creo que son pamplinas. El verdadero estratega de esta operación ha sido Pablo Iglesias. Él es, sin duda, el amo del cotarro. Si ha conseguido lo más difícil -darle a Ciudadanos un portazo en las narices atrayendo al redivivo espíritu de Frankenstein a los separatistas vascos y catalanes- pensar que el éxito se le vaya a escapar de las manos en el último suspiro es un acto de ingenuidad pregateante. Solo sería imaginable si Sánchez estuviera dispuesto a dar un golpe en la mesa, empujado por el aluvión de alaridos de espanto que, dentro y fuera del partido, saludaron el anuncio de Otegui de sumarse -Iglesias dixit- a la dirección del Estado. Pero el presidente no parece dispuesto a hacer tal cosa. Lo que le digan los barones díscolos (mucho me temo que más para salvar la cara que para ejercer una influencia efectiva que no tienen) a Sánchez le entra por un oído y le sale por el otro. Igual que los mensajes que le hacen llegar, sin retórica mediática de por medio, media docena de ministros, algunos mandatarios europeos y no pocos empresarios indígenas. Frente a ese coro de voces moderadas, Iglesias ha ganado la partida de calle. Su ascendiente sobre el mandamás de Moncloa es, literalmente, acojonante. ¿Pero alguien sabe por qué? Hasta ahora creíamos que era una pura cuestión de aritmética de poder, un tributo necesario para seguir en Moncloa. Ahora no está tan claro. Si la tozudez de Arrimadas de seguir con la mano tendida sirve para algo es para que Sánchez no pueda decir que no tenía alternativa. Pudiendo elegir una mayoría de gobierno implementada por Ciudadanos, menos corrosiva para la imagen del PSOE como partido de Estado, el presidente ha optado por echarse en brazos de quienes quieren tumbar definitivamente el Régimen constitucional (lo dijo el jueves el bilduetarra Arkaitz Rodríguez en el parlamento vasco sin cortarse un pelo) y romper en pedazos la idea de España. El hecho de que esa insólita elección sea voluntaria y no venga impuesta por ninguna apretura parlamentaria que conlleve el riesgo de perder el poder da nuevas pistas sobre las verdaderas intenciones del inquilino monclovita. Según parece no solo quiere seguir siendo el archipámpano mayor del reino, sino también el artífice de la revolución radical que cacarea Podemos. De otro modo no se entiende nada de lo que ha hecho. Le está disputando el liderazgo a Iglesias en su propio terreno. Algunos espías paraguayos, con acceso a la sala de mapas del centro de mando, sostienen que una vez tenga aprobados los presupuestos volverá a marcar distancias con sus socios. Su tesis es que esta era la vía menos arriesgada para garantizar la estabilidad de la legislatura sin tensar la cuerda de la relación con Podemos más de lo razonable. Con ERC dispuesto a colaborar (lo de Bildu es una imposición innegociable de Junqueras), Iglesias no habría entendido que Sánchez le hubiera impuesto la cohabitación obligatoria con Ciudadanos. Ahora -dicen-, una vez inhalado el elixir de la durabilidad, el discurso presidencial volverá a su cauce. Yo no me lo creo. Si solo se trataba de una escaramuza táctica, ¿por qué mandó salir a José Luis Ábalos con la prédica vomitiva de que normalizar a Bildu es bueno para la democracia? Un gesto así solo se explica si la complicidad con los proetarras va a ser una apuesta de largo recorrido. Pincho de tortilla y caña a que esta vez no me equivoco.
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