
Edmundo Bal llegó demasiado tarde a la política tal como Albert Rivera se fue demasiado pronto de Cataluña. Los dos son inteligentes, estilosos y bien parecidos; pero también cínicos y presumidos. Les gusta más mirarse en el espejo que en los ojos de quienes pretenden que les voten. Gastan más en accesorios que en libros, y eso a un hombre se le nota por cómo se sienta en la mesa -sobre todo cuando pide los huevos de segundo. Bal y Rivera, cosidos a la misma estrella, son más onanismo que amor sincero, como los autoproclamados articulistas de Madrid, que se citan y se dan premios entre ellos pero cuando salen de su círculo estrechísimo nadie más les lee. Ciudadanos se...
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