
La historia no siempre es cruel con el Atlético. También le regala algún prodigio de vez en cuando. Como ayer en Londres. Un partido envenenado, podrido por un árbitro exagerado que expulsó a Vrsaljko y Simeone en los primeros minutos, casi desprovisto de lógica porque el Arsenal hundió al Atlético en su portería, lo acorraló, lo sometió y solo marcó un gol en una noche aciaga en lo relativo a puntería. Eso y Oblak, siempre al rescate. No había aparecido el equipo rojiblanco, pero el Arsenal cometió un error, permitió una carrera y un rechace a Griezmann. Un gol a nueve minutos del final que acerca al Atlético a la final de la Europa League. Un mosaico en plata y rojo decoró el preámbulo de un partido de Champions con todos los ingredientes para seducir. Prólogo armonioso y cálido que, por los altavoces del Emirates, enviaba un mensaje de respeto hacia el adversario, el público, el fútbol y todo lo que comporta. Unos minutos más allá aquello saltó por los aires y convirtió la noche en un escenario incandescente. El árbitro francés Turpin se cargó el encuentro al interpretar el reglamento de manera fraudulenta. A los nueve minutos había borrado del choque a Vrsaljko en el lateral derecho y a Simeone en el banquillo. Muy dudosa fue la primera tarjeta del croata, no así la segunda, grave error del defensa al descargar la rabia en un tobillo ajeno con una amonestación en el cuerpo. El estupor por la situación generó una intervención encendida de Simeone, cuyos gestos iracundos pretendían cercenar el mal pálpito que desprendía el asunto. Turpin también echó al entrenador, roja directa por unos aspavientos que, como mucho, supondrían una cartulina amarilla. El Atlético padeció de lo lindo. La primera parte fue como la defensa de El Álamo. Un puñado de valientes dejando ronchas de piel por la hierba sin otro aliciente que retrasar una muerte segura. El Arsenal jugaba bien, antes y después de las expulsiones, arrastrado por la zurda de Ozil y un ambiente espeluzante. Los laterales españoles, Monreal y sobre todo Bellerín, fueron un tormento para los centrales atléticos, quienes el día anterior se pasaron la hora y media de entrenamiento ensayando despejes, cortes y demás atajos para birlar el balón al enemigo. En diez minutos, Oblak ya había gestionado tres maniobras para ganarse otro sobresaliente. La noche venía colgada en su área, un centro detrás de otro, por dentro, por fuera, siempre según el dictamen de Ozil, buscando a Lacazette, correoso delantero de notable técnica. El Álamo se reprodujo en veinte minutos infernales que entran desde ya en la antología del fútbol. Parece mentira que el Atlético no recibiese un gol, el bombardeo incesante desde todos los flancos, sin capacidad de respuesta a la vista salvo los despejes de Godín, Giménez, Thomas en el lateral derecho, Lucas, y todos los jugadores amarillos, atrapados en su rincón. Con diez jugadores y sin gol del Arsenal, el Atlético se estiró unos metros, algo así como un par de mexicanos en la tierra para aplazar la sentencia. Griezmann tuvo dos oportunidades, sobre todo la segunda, un tiro franco, centrado, dentro del área después de una arrancada de coraje de Thomas, que se sacudió ingleses como quien se retira confetti de una fiesta. No hay explicación posible, salvo el recurso a los azares del fútbol y la vida, para asimilar cómo Oblak no recogió más de dos veces el balón de su red. El árbitro, entre tanto, gestionaba su mente con la losa de dos expulsiones exageradas ambas. Empezó a compensar sus errores. Ya no todo eran amarillas, tan alto había colocado el listón con Vrsaljko, pese a que hubo entradas más peligrosas y derrotes más duros. Un ejercicio hipócrita, puesto que su barrera de la ley futbolera en los primeros minutos había sido otra. Lo que vino a continuación fue la secuencia lógica de la pesadilla. El Atlético volvió a guarnecerse en su área, todos tan juntos, tan apretados cerca de Oblak que no había ni posibilidad de contraataque, atemorizado el grupo y sin una respuesta solvente por parte de Griezmann, el talento, o de Gameiro, la velocidad sin control. Marcó Lacazette en un cabezazo cazador porque era inevitable. Oblak, tan acolchado contra su arco, estaba dentro de la portería tratando de salvar lo imposible. El gol era poco premio para el Arsenal, alentado por la grada, silenciosa la hinchada madrileña, Simeone en el palco. Vencido el partido hacia Oblak, el equipo de Wenger careció de la lucidez y la pegada para sellar su pasaporte a la final. El Atlético no compareció en la segunda parte cerca de Ospina. Pasó cuatro veces del centro del campo, sin claridad ni ideas. Gabi y Savic entraron para apuntalar el muro que ya estaba en las últimas. Una agonía que vio la luz divina en esa carrera de Griezmann, su disputa por un balón en desventaja y el toque suave a gol. Más o menos lo que se entiende por un milagro.
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