miércoles, 27 de mayo de 2026

El sueño europeo del Rayo se desvanece en la orilla

Triste final para el EuroRayo. Amargo desenlace para un sueño colectivo que no llegó a concretarse. Los focos encogieron al conjunto franjirrojo, incapaz de jugar con soltura y castigado por un error defensivo al inicio de la segunda mitad que acabó siendo definitivo. La Conference viaja a Inglaterra de la mano del Crystal Palace. Vallecas llora, pero mantiene la dignidad intacta. Es la segunda final consecutiva que pierde un equipo español en esta competición. Y la tercera que gana un conjunto londinense, después de los triunfos del West Ham United y el Chelsea. No hay reproche posible para este equipo que hizo bastante más de lo imaginable en la competición. Hay decepción, claro. Pero el rayismo nunca olvidará este día, esta primera final que quién sabe si volverá a repetirse. Por si acaso convirtieron el último viahe en una fiesta del rayismo, felices por verse en un escenario así. Y qué escenario. El Leipzig Stadium, hogar del RB Leipzig y joya del imperio futbolístico de Red Bull, conserva el edificio principal, de estilo socialista, como puerta de acceso al nuevo coliseo levantado para el Mundial de 2006 sobre el histórico 'Estadio de los Cien Mil'. Un viaje de lo antiguo a lo moderno con bastante simbolismo. Allí presumen de la acústica del recinto, amplificada por el trueno vocal que cae desde ambos fondos. «Llévala al barrio, mi amor», se leía en el sector español. Luego cambia: «Por la calavera, la vida entera». La vida pirata. No hay sorpresas en los onces, con presencia de dos de los principales dudosos: Álvaro García en los madrileños y Adam Wharton en los londinenses. Íñigo Pérez pedía en la previa a sus jugadores disfrutar como niños, pero resultaba imposible. Costaba abstraerse del ambiente y de la responsabilidad frente a una grada entregada. Era un día único en la vida para la afición rayista, que respondió con un despliegue impresionante y no limitado al estadio. Los casi 12.000 aficionados vallecanos, cerca del 90% de la masa social, vivieron su propia jornada histórica en la 'fanzone' de la Richard Wagner Platz. Allí se homenajeó a varias leyendas del club, hubo un acto en recuerdo de los aficionados fallecidos y arrancó el corteo hasta el estadio: una marea franjirroja avanzando por las calles de la ciudad entre cánticos. «Ganar tiene que ser la hostia», proclamaba la pancarta que abría el desfile. Puro sentimiento rayista. Pura premonición. La escena era parecida en el Palace. Era una final de novatos y el partido arrancó como tal. También la mayor parte del primer tiempo. En esa guerra de nervios inicial puso más intensidad y más potencia el conjunto londinense. El Rayo tardó poco en igualar el nivel físico, cansado de perder duelos. El esfuerzo, sin embargo, no se traducía en fútbol. Entre resbalones y errores técnicos, el juego avanzaba a trompicones. Yeremy y Kamada trataban de ordenar los ataques ingleses. Isi hacía lo propio en el Rayo. De sus botas nació la jugada del primer remate franjirrojo, ya pasado el primer cuarto de hora. Alemao encontró la pelota dentro del área, pero no consiguió armar el disparo. La tensión cayó de golpe por un percance en el graderío, en la zona ocupada por aficionados del Rayo. El juego se reanudó pronto, aunque la interrupción añadía otra capa de espesura a un encuentro cargado de prudencia. El primer acto terminó con la ocasión más clara del Palace: un cabezazo de Mitchell en el segundo palo que salió fuera por muy poco. Solo en ese tramo final logró imponerse de verdad el Palace, pero le bastó para regresar del descanso con más convicción que su rival. Nada más volver del vestuario, Wharton probó desde lejos, Batalla no pudo blocar y el rechazo lo empujó Mateta a la red. Era el escenario más incómodo para el Rayo. Quedaba por ver cómo respondía al golpe. La respuesta se encontró enseguida. Una falta de Yeremy que golpeó en los dos palos y otro remate de Mateta, desviado a córner por Batalla, mostraban a un Rayo tambaleante. Pero el Palace no cerró el partido y los de Íñigo encontraron algo de aire. También ayudaron los cambios del técnico navarro, que devolvieron consistencia a un bloque partido en dos durante varios minutos. «Sí se puede», gritaba la afición rayista, celebrando cada acercamiento a la portería rival. El Palace fue hundiéndose cada vez más cerca de su área y eso alargó la incertidumbre hasta el final. Pero al Rayo le faltó claridad y determinación en los últimos metros. El partido murió sin una ocasión limpia para el empate. Toca volver al barrio sin la Copa.

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