La fase de grupos llega a su fin para el G, y lo hace con un Egipto-Irán (además de un Bélgica-Nueva Zelanda) que será decisivo para ambas selecciones. Un encuentro clave para saber si el combinado africano pasa como primero, o no, y si el equipo asiático es capaz de obrar el milagro de meterse en dieciseisavos. Ahora, más allá de lo deportivo, el encuentro tendrá un contexto muy significativo. Es el fin de semana de la celebración anual del colectivo LGTBQI+ y ambos países, de los más represivos del mundo contra este colectivo, miran con recelo lo que pueda pasar. Hay pánico a que las gradas se llenen de bandera arcoíris y se puedan ver en la retransmisión de televisión. «Espero que la FIFA no caiga en el chantaje de estos dos países, que les ha pedido boicotear cualquier celebración del día del Orgullo durante este partido. Si lo hace significará que es una asociación homófoba que apoya regímenes criminales», cuenta a este periódico Ramtin Zigorat, un ciudadano iraní de 37 años que hace doce huyó del país para no morir en la horca: «Yo salí del armario cuando tenía 15 años», explica desde su casa de Madrid, donde vive desde 2019. Su impactante historia comienza así: «A la primera persona que le dije que era gay fue a un profesor del colegio, con el que tenía muy buena relación, y ahí empezó todo. Me dijo que eso era una enfermedad europea, israelita y americana, me llevó al psiquiatra y me recetó pastillas». Esas pastillas, que a día de hoy sigue sin saber qué tipo de pastillas eran, cambiaron por completo el comportamiento de Ramtin: «Lloraba mucho, me mareaba, no podía dormir y se me olvidaban las cosas». Claro, su madre, extrañada por ese cambio radical de actitud, empezó a preocuparse pensando que a su hijo le pasaba algo o que pudiera estar tomando algún tipo de droga. Seis meses después de aquella confesión al profesor, la madre de Ramtin encontró esas pastillas en la habitación de su hijo: «En el colegio, me habían prohibido decirle a mis padres lo que estaban haciendo conmigo», recuerda Zigorat. «Cuando mi madre encontró las pastillas y le conté todo, fue al colegio a quejarse, pero salió de allí con amenazas humillantes. Le dijeron que se chivarían de que su hijo era un maricón y un enfermo, que me echarían del colegio y que nunca iría a otro». El padre no aparece en esta historia hasta otros seis meses después de este rifirrafe entre el colegio y la madre de Ramtin. Ella no sabía cómo contarle a su marido que el hijo de ambos era gay: «Mi madre necesitaba estar preparada. Piense que, en Irán, aparte de la represión gubernamental, está la social. Que yo fuera gay no era un problema mío, era también para mi familia». Eso es lo que llevó al padre a dejar de hablar a Ramtin cuando se enteró que su hijo era gay: «Ahí se terminó para siempre la relación padre-hijo. Dejé de existir para él». Ramtin cuenta con pena la reacción de su padre, pero seguramente no fue la que más le dolió. Cuando le preguntamos por cómo lo asimilaron sus hermanos, traga saliva, el silencio se apodera de la conversación y nos pide avanzar. Así que Zigorat continúa su historia ya con 18 años, momento el que abandona su casa, se pone a trabajar, también cuenta con la ayuda económica de un familiar lejano y empieza a hacer activismo LGTBI. Ese activismo le cuesta la detención a los 23 años: «Me captura la Guardia Revolucionaria, después de escapar de una ciudad a otra durante una semana de persecución. Me encerraron y me torturaron física y psicológicamente. Me pegaban, me intentaban ahogar, me meaban y me cagaban encima, me ponían el Corán 24 horas seguidas con un volumen alto, me amenazaban diciéndome que violarían a mi familia… Así fue durante cuarenta días». Después de estos cuarenta días, tuvo un juicio en el que fue condenado a pena de muerte y ya en prisión le siguieron torturando, obligándole a ver diariamente cómo ahorcaban a más presos: «No me dejaban cerrar los ojos y me decían que el siguiente era yo». No lo fue, afortunadamente. Cuando llevaba un mes en la cárcel, un juez dio la orden de liberarlo tras recibir 30.000 euros de la madre de Ramtin, que vendió unas tierras familiares para recaudar ese dinero y evitar la muerte de su hijo. Un soborno que no evitó la prisión domiciliaria: «Estuve un año encerrado en casa, pero entonces murió mi madre por un cáncer de pulmón, y fue ahí cuando me harté del encierro y volví a la calle, a hacer mi vida y al activismo LGTBI». Ramtin sabía que esa vuelta al activismo tenía mucho riesgo. Y así fue. A los pocos meses, la Guardia Revolucionaria volvió a ir por él y no tuvo más remedio que huir. Con 25 años dejó su país para siempre: «Logré escapar a Estambul en avión, viví en Turquía cinco años y con 30 me vine a Madrid. Y aquí sigo», cuenta Ramtin, que desde la capital de España continúa con su activismo y deja una denuncia final sobre el régimen iraní: «Ha matado en los últimos 50 años a más de 6.000 gays y lesbianas».
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jueves, 25 de junio de 2026
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» El desgarrador testimonio de Ramtin, un iraní torturado por ser gay: «Me condenaron a la horca»






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