viernes, 25 de septiembre de 2026

Entre Súper Mario y el parón

Repetimos poco (para lo importante que es) lo que Churchill dijo a Alfonso Paso, que era del Atleti, cuando coincidieron en la Costa Azul: «Hay dos cosas que los ingleses nunca podremos tener: una es el Mediterráneo, y la otra, el Real Madrid». El Mediterráneo es ese lago desde el que, al decir de algunos periódicos, los rusos atacarán a España. ¿Por qué? La única razón sería que son rusos, pues sólo un ruso derrocharía un dron en atacar a un país como España, absolutamente irrelevante, hoy, en la vida internacional. Otra cosa es el Real Madrid. El Real Madrid es el primer club deportivo del mundo (motivo por el cual estorba a todo el mundo en España, cuya descomposición existencial amenaza con arrastrarlo) y la última tradición española que queda en pie. Los ingleses, desde luego, carecen de las tradiciones del Mediterráneo y del Real Madrid. Tenían la de los pubs, pero una mano negra, con la ayuda de fondos buitres, se la están arrebatando. Y no digo yo que no sean los mismos buitres que en el fondo buscan hacerse con el Real Madrid, donde Mourinho, en pleno parón, parece solo como el Hombre Solo de Mingote. Se filtran estadísticas según las cuales los jugadores blancos corren como esos «bumers» que muy de mañana van por la acera a paso ligero en lucha contra el azúcar. ¿Habrá cambios tras del parón? ¿Hará Mourinho la Revolución? ¿Era tarjeta roja la coz de Kang-in Lee?   –Hay que aprovechar el parón para dialogar –proponen los trincones de la moderación (en palabras de un sabio, «la moderación en las formas se impone siempre que la insensatez y el extremismo de fondo han pactado la impunidad de sus desmanes y delitos»). Dialogar, lo que se dice dialogar, fuera del campo sólo lo hace Lamine'2030 en la consulta televisiva de Valdano, que es algo así como nuestra doctora Melfi del balón. Dialoga el muchacho que «en el fútbol europeo hay pocos jugadores que jueguen como yo juego, que hagan disfrutar de esa manera», y exige el Balón de Oro para sí porque el mérito del gol en la final del Mundial no fue de Ferrán, que lo anotó, sino de Lamine'2030, que hizo un arrastre de defensas. Y dentro del campo, dialogar, lo que se dice dialogar, sólo lo puede hacer don Raphael Dias Belloli, Raphinha, futbolista raro, raro como perro verde, que fuera del Barcelona sólo es otro Manolo Clares («¡Manolo marca ya!», le decía Cruyff, harto de asistirle), pero que dentro del Barcelona parece Zico, y con un bigote que tiene engorilado al trencilla Ortiz, el Súper Mario del CTA (« Me gusta tu bigote »), organismo que apuesta por el diálogo, salvo que el interlocutor sea Vinicius y porte el brazalete de capitán, que entonces es amarilla con advertencia de expulsión. Eso no encaja en la teoría de Steiner según la cual las perversiones sexuales (si el sexo es lenguaje) son análogas al habla incorrecta. –Si el coito se puede esquematizar como diálogo, la masturbación parece ser correlativa a la pulsación del monólogo –decía la teoría de Steiner. En España el diálogo arbitral lo puso en marcha Mateu («Toño», para los colegones), y lo tiene contado por ahí Sergio Canales: «En un partido contra el Cádiz iba corriendo y de repente Mateu me preguntó: 'Sergio, ¿cómo están tus padres? Dales recuerdos'. En el 90 íbamos 0-0 y le dije: 'Están perdiendo tiempo. Dale un poco de caña'. Me sacó amarilla. Y contesté: 'Oye, si no te puedo decir nada no me preguntes por mis padres'. Y me sacó roja». Ahora asistimos al diálogo sobre el césped entre el futbolista don Raphael Dias Belloliy y el árbitro don Juan Martínez Munuera. «Estate atento con los bloqueos y los agarrones, me van a romper la espalda, cuando marques una o dos faltas, dejarán de hacerlo», dice don Raphael a don Juan. Y don Juan contesta: «Ya se lo he dicho a ellos». Nada que ver con la actitud del palurdo de Súper Mario que despachó el derbi, que a la pregunta de Valverde, capitán y perjudicado en la agresión de Kang-in Lee , de si había tarjeta, respondió con esa risa tan española del tonto que con la mueca te está diciendo «¡a mí que no me toquen el cocido!».

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