Cómo y cuándo se dará cuenta Mondo Duplantis de que no podrá subirle un centímetro más a su récord mundial de pértiga, costumbre que ya ha repetido 15 veces . Quizá ya ha dado el mejor de sus saltos; y todavía no lo sabe. Porque el cuerpo alcanza su cénit, su esplendor, su récord, su tope, y hay un día, de repente, en el que ya no puede ofrecer ese milímetro de más para superar el listón. Aunque se entrene lo mismo, aunque se descanse lo mismo, aunque uno se crea el mismo que ayer, el cuerpo ya no es el mismo hoy, y comienza el retroceso. Y cuesta detectarlo. O duele. Le pasa a todos los deportistas. «No te apetece nada descubrir esa sensación. Yo lo noté en mis dos últimos años de profesional. La mente da fuerza, pero hay una desconexión con el cuerpo. No quieres, te crees que estás bien, que puedes. Pero lo que antes era ir limando segundos se convierte en, como mucho, intentar no perder el tipo. Puedes estar entrenando como un chaval, con tus mejores tiempos, pero llegas a la competición y ya no rindes igual. Estás motivado, pero el cuerpo no va», recuerda Martín Fiz , que responde a la pregunta del reportaje: «El límite no lo marca la edad, sino cuánto te has machacado, cuando el motor se rompe y no le puedes sacar más rendimiento». Y el rendimiento, no es solo lo que sale de los músculos, los pulmones, las piernas y las articulaciones. «La unión cuerpo y mente está muy asociada a este punto. Algo se desconecta internamente. Haces lo mismo, tienes las mismas sensaciones de siempre, pero saltas 50 centímetros menos. Unos cuerpos llegan más tarde que otros, pero todos llegan al límite. Te puedes retirar con una técnica impoluta, pero el físico ya no es aquel», explica Antonio Corgos , plata europea en 1981, 1982 y 1989 en salto de longitud, quinto en Seúl 88. Un camino que se bifurca entre las expectativas y la historia y la capacidad real y el presente. Que se observa en el día a día y se erige en un muro, a la postre, infranqueable. «Es algo intuitivo. Te cuesta más recuperarte de una sesión para otra, o no haces esa sesión con la misma fluidez que antes. Lo que hace que mejores o no es tu capacidad mental, pero los años acumulados y la propia degeneración biológica te manda señales de que se acerca el momento de parar», añade Esther Lahoz , plusmarquista nacional en 200 y 400 metros y ahora entrenadora. Así lo recuerda Ana Burgos , triatleta, séptima en Atenas 2000: «El cuerpo estaba ya al límite, y eso que me cuidaba como nunca. Los cronos no eran malos, pero no había mejora. Fui consciente de que no iba a ir a mejor, que ya no podía hacer más. Y a la hora de competir, mi cabeza se apagó». La sentencia. Una disociación entre cuerpo y mente que a veces llega primero por lo físico y otras veces por la mente, que envía órdenes contradictorias. Para Corgos fue una decepción en una competición lo que lo puso en alerta. «De un año a otro, noté un bajón tremendo; los entrenamientos no se realizan con la misma intensidad, tienes la cabeza en otro sitio. Pero lo que me retiró fue que haciendo lo mismo saltaba medio metro menos. Y estás intentando luchar contra el tiempo». Burgos todavía tiene la imagen de cuando empezó su retirada: «Estaba en el pantalán para saltar en un torneo en Australia y por mi cerebro pasó un mensaje: 'No quiero estar aquí'. No terminé esa prueba». Esa fecha de caducidad no la marca tanto la edad como el desgaste, físico o mental. Hablan los cuatro de sufrimiento. Ese al que estaban acostumbrados, pero que se ve de otra manera en esos momentos límite. Y que no solo es el que se observa desde la salida a la meta. «Es la obligación de mejorar tus marcas cada año; sin poderte relajar porque el crono es el que es, tienes que mantener la beca o te sopla otro y te echa», señala Lahoz. «Fue el único año que trabajé con psicólogo, ese no querer estar aquí, no querer ese sufrimiento tan enorme, aunque me encantaba lo que hacía y me gustaba la competición. Estaba harta, y no podía evitarlo». Habla Burgos de ayuda psicológica porque así resume Martín Fiz cómo se lleva ese saber que el cuerpo ha alcanzado su techo: «Muy mal». «Hemos nacido para ir mejorando y ganando. Lo descubres cuando tienes talento. Y de la noche a la mañana, he pasado del primero al décimo, de superar ese tiempo a mantener el que tenía hace años. Intentas casi mentir al cuerpo inventándote retos porque es un proceso duro, y una lucha bastante difícil», añade. No es tanto drama para Saúl Craviotto , que incluso ve la parte positiva a que necesite «tres días» para recuperar, «cuando los jóvenes se dan una paliza y al día siguiente están tan frescos»: «Hay que aceptarlo y creo que es bonito. Saber que todo tiene un principio y un final, porque lo hace todo más especial». Para Lahoz la clave está en reentrenar esa mente que te llevaba a ganar y que ahora debe amoldarse a otra etapa: «Depende de la capacidad mental de asumir el momento vital en el que se está. Y de prepararte desde antes. Tarde o temprano tu momento ha llegado. Lo mejor es aceptarlo porque no puedes luchar contra eso». Pero ni siquiera en el deporte, con datos tangibles del retroceso, es fácil tomar la decisión pues se piensa antes que es un bajón momentáneo que en una realidad irreparable. «Tienes que tener un entrenador que te entienda, que te apoye y que te ayude a descifrarlo. Me retiré con 35 años pero estuve a punto tres años antes. Allí me dijo que no era el momento, porque tenía una lesión. Tres años después, me dijo 'ahora sí, no te vas por algo ajeno sino por una ley de vida», reflexiona Corgos, al que le dan ganas a veces de «dar un empujón» a alguno de sus pupilos porque ya ve que tienen que cambiar de metas, «pero es difícil y una decisión que nadie puede tomar por ti». «Todos conocemos a muchos atletas que ya están retirados y todavía no se han dado cuenta. Desde fuera se ve que no pueden más, pero sigue teniendo la ilusión. Hay que indicarlo de forma cariñosa, que lo entienda sin frustrarse, quizá poniendo otros objetivos», apunta Lahoz. Es un debate interno y único, comenta Fiz: «Es que te preguntas todo el rato '¿por qué no voy a seguir?'. Nos engañamos mucho. Tengo compañeros que son grandes atletas entrenando y nefastos compitiendo, te dan ganas de decirles 'ya, disfruta y toma la competición como un regalo, pero no des más'. Son la familia y los que te quieren de verdad los que te van soltando guiños». Aunque el vacío vital es inevitable. Lahoz y Burgos todavía echan de menos esa sensación. «No puedes hacer lo que querías y lo que te apasionaba. Y con la desventaja de no tener vida laboral y sin experiencia y con muchas consecuencias», dirige Lahoz. Por un lado, porque hasta ahora, había poco apoyo una vez se colgaba el dorsal, fundamental para que la transición sea suave y no abrupta. Por otro lado, porque la pregunta surge y da miedo: ¿y ahora qué hago aquí? «Tu vida cambia de un día para otro. Los horarios y las rutinas, todo es tan diferente. Ahora qué hago aquí, y por qué me tengo que levantar a esta hora, y por qué llego a esta hora a casa. Es complicado», incide Corgos. Y sentencia Burgos: «Te retiras y adiós muy buenas. Te hundes. Yo intenté alargar mi carrera, pero la cabeza me arrastraba. Sabes que la retirada llegará algún día, pero hasta que no te lo encuentras de golpe... A mí me costó mucho disfrutar del deporte después de retirarme; no he dejado de hacerlo, pero no entendía el deporte sin competir. Llega el ¿y ahora qué?, ¿qué sé hacer? Lo que has hecho toda tu vida y que ahora no puedes volver a hacer porque es inviable. Sigo echando mucho de menos ese mundo: lo que te da entrenar, el día a día, cruzar una meta. No poder hacer lo que adoras... es muy jodido». ¿Hasta dónde puede llegar Duplantis, Noah Lyles, Julien Alfred, Jakob Ingebrigtsen, Beatrice Chebet, Tamirat Tola y Sifan Hassan? «Quizá no es esa la pregunta -resuelve Corgos-. Quizá ya ha hecho su mejor salto, su mejor crono, su mejor actuación. ¿Hasta dónde puede llegar? Igual ya ha llegado. Están intentando luchar contra el tiempo...».
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domingo, 29 de marzo de 2026
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» El límite es ciego: «Todos conocemos atletas que ya están retirados y no se dan cuenta»






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