domingo, 17 de febrero de 2019

Un monumento a la vulgaridad

En la Barcelona plenamente instalada en su folclore batasunizante, la gente fue con total normalidad de la manifa indepe de la Gran Vía al Camp Nou, como si su equipo jugara dos partidos aquella tarde. Indistinguible qué era fútbol y qué era política, las mismas banderas sirvieron para una cosa y para la otra. Es la «nación deportiva» a la que acertadamente se refiere Arcadi Espada. El Barça empezó frío como una chica que no está segura de haber hecho bien en salir a cenar contigo, y el Valladolid en cambio con el vigor de aquellas noches en que lo dimos todo, aunque tantas veces acabáramos sin nada. Muy enteros los de Sergio González, muy concentrados, manteniendo al Barça lejos de la portería de Masip. No tenían los pucelanos el control del partido pero tampoco lo tenían los de Valverde. El momento más tierno de la noche llegó en el minuto 17:14, cuando los gritos de independencia que suelen producirse en este minuto quedaron interrumpidos por una carrera -ni siquiera un gol- de Messi. Fue la fusión perfecta del folclore, su más quirúrgica metáfora. Si a los que gritan “independencia” en el Camp Nou les dieran a elegir entre cinco años de más o menos condena a los líderes del “procés” que están siendo juzgados en el Supremo, y ganarle este año la Champions al Real Madrid en el Wanda, muchos necesitarían algún tiempo para pensarlo. En el Barça, todos buscaban a Messi, sin encontrarlo. Los de Valverde no interpretaban bien sus opciones de ataque y en todas ellas estaban en inferioridad numérica, además de resultar vulgares y previsibles. Plomizo comienzo, muy espeso. El Valladolid mantenía su orden, su orgullo, su ilusión intacta en la noche, su promesa de felicidad que un Barcelona muy mediocre no podía empañar. En el minuto 30, ninguna oportunidad de gol para los locales. Inútil su presión y ante un rival que no es precisamente de los más exigentes que va a encontrarse en este tramo decisivo de la temporada. Pájara a la vista, la de cada año por estas vistas. La sombra del mismo bajón de cada febrero teñía de los peores augurios la noche en el estadio. El Barça, a remolque del partido, como la semana pasada en San Mamés, que no tuvo en todo el partido ni una sola oportunidad clara para marcar. Qué triste es el fútbol cuando los genios se atascan. Lo de ayer lo hacemos el miércoles 27 en el Bernabéu, y el Madrid nos arrasa. En el 40 llegó la primera ocasión del Barça, que creó y ejecutó Messi, aunque su disparo, con la pierna menos buena, salió ligeramente desviado. A la jugada siguiente, el Valladolid falló en su conjunto y Piqué inició una transición inteligente y rápida y él mismo forzó un penalti que Messi transformó. No es que simplemente no fuera penalti, es que fue un escándalo que el VAR no lo revisara. Un despropósito y un escándalo. Mucho premio para tan poco fútbol. El Barcelona tuvo mucha suerte de contar con una jugada tan sumamente afortunada. Pese al clamoroso error arbitral, muy atento Piqué, muy listo Ter Stegen que enseguida le dio el balón, y muy inocentes los jugadores del Valladolid. Por mal que esté el Barça, no tendrás nunca nada que hacer si le vas haciendo regalos. Jugó tan mal el Barcelona durante la primera mitad que Sergio González mandó a sus jugadores a una presión altísima en la reanudación. Casi marca el Valladolid de un disparo finalmente desviado, pero la primera gran ocasión se la segunda parte la tuvo Messi, que remató brillantemente un centro de Jordi Alba, pero una mano prodigiosa de Masip evitó el gol. Y la segunda también la tuvo él, en el 52, pero chutó desviado. Boateng tuvo la tercera, y la desaprovechó de tal modo que más que lamentarse, se tapó la cara de vergüenza. Mejor la segunda parte que la primera. Suárez entró por Boateng y falló solo ante Masip algo que creo que marcaría hasta mi hija Maria de siete años. Tanta negación de Suárez empieza a ser preocupante. Coutinho, otro que también lleva una temporada incomprensible, sustituyó a Dembélé. El Barça corría y presionaba, pero sin acabar de conseguir nada. Y el Valladolid estaba vivo, llegaba con facilidad al área de Ter Stegen y si no marcaba era porque al final ni el más encomiable de los esfuerzos puede suplir según qué falta de calidad. De todos modos, el partido no estaba cerrado. Valverde, que es un cobarde, sentó a Aleñá y recurrió a Rakitic. Un penalti claro -éste sí- sobre Coutinho, se lo paró Masip a Messi, para acabar de dar idea de la grotesca noche que tuvo el Barcelona. Suárez lo falló todo. Masip superestar.

De Deportes http://bit.ly/2Gva5T9

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