lunes, 11 de febrero de 2019

Arde Madrid en tecnicolor

Pocas veces se habrá visto tanta gente en la puerta de Loewe, esquina de las calles Serrano y Goya. Si acaso por otra manifestación. No sé si 200.000, como dicen los organizadores, pero allí 45.000 personas no había. Que la marea humana, aparte de la propia y espantosa plaza de cemento con bandera en el medio y foso de los leones, llenaba Recoletos, la Castellana o Génova (ay, ese cartel de Netflix con el borreguito de «Examen de conciencia», el documental sobre los abusos en la Iglesia Católica española). Nunca me había visto atrapada en la puerta de Loewe. Y sin que la multitud me arrastrara como a Ingrid Bergman en «Te querré siempre». Tuve que aprovechar una emergencia médica, volver sobre mis pasos, seguir la vía abierta para la lisiada y huir por Jorge Juan. Allí parada en la acera estaba Carmen Iglesias, viendo cómo la gente se retiraba en procesión pija e iba llenando los bares y restaurantes. Cualquiera entraba en Okafu o en Álbora. Que los españoles siempre tienen tiempo para la manifestación, para la tortilla y para la trilogía de jamón de Joselito. Otra señora decía a su acompañante: «Como la Delegación del Gobierno depende de Sánchez, dirán que somos cuatro». Si toda esa gente es la «contrarrevolución reaccionaria» de la que ha hablado Pablo Iglesias, no hay peligro. ¿Y este hombre no está de permiso? Las capitulaciones de Colón Antes, pero al acabar la concentración convocada por la unidad de España, en el escenario de la madrileña plaza de Colón se leía «Capitulaciones de Santa Fe», el documento que recogía los acuerdos de los Reyes Católicos con Cristóbal Colón previos a la expedición a lo que todavía no era América. Allí habían subido los políticos como cuando sube toda esa pandilla en la ceremonia de los Oscar cuando dan el premio a la mejor película. La capitulación de Albert Rivera fue subir al escenario con Santiago Abascal, aunque entre ellos estuvieran bastantes personas. Incluso entre Pablo Casado y Abascal estaba sólo Cristiano Brown, portavoz nacional de UPYD. A continuación, Abascal y Rocío Monasterio, vestida de verde Vox. O de bandera de Andalucía. Pero iba a ser que no. Y de verde Vox parecían todos esos carteles en los que ponía «Golpistas a prisión». No atisbé en el escenario a Manuel Valls, que no debía de haberse traído el cordón (sanitario) de su corpiño, mi niño. El Pulpo DJ, animador de radio y de actos corporativos de toda clase, había estado calentando a la gente en esa fría mañana de domingo en la que por lo menos no llovió. Lo mismo ponía «Celebration» que «Hoy puede ser un gran día» que «Delilah». O gritaba: «¿Eso es un helicóptero o un Falcon? ¡Viva la Guardia Civil!». Luego se encanó con «¡Viva la Guardia Civil! ¡Viva la Policía Nacional! ¡Viva la Policía Municipal!». Le faltó citar a los de Prosegur y Securitas. Si llega a ser el Falcon, caen ratas de peluche como las que tiraron a Courtois en el Wanda Metropolitano durante el partido Atlético de Madrid-Real Madrid. El Pulpo sonaba tan antiguo como las victorias del PP en la puerta de Génova o los que gritaban: «Sánchez, dimite, España no te admite». El himno y Manolo Escobar La primera vez que se oyó el himno de España fue a las 11.51 (luego sonaría otra vez ya más seriamente). El «¡Qué viva España!» con Manolo Escobar no llegó hasta las 12.47, con la dispersión del personal (dispersión que era una masa casi inmóvil). La gente había venido de toda España. El joven y barbado Antonio Muñoz, de Murcia. «Estaba afiliado al PP, pero cuando se abstuvo en algo de la Memoria Histórica me di de baja. No digo que me vaya a afiliar a Vox, pero sí he venido con su autobús. Y eso que el del PP era gratis» (el de Vox costaba 20 euros). Cuando se anunciaron los oradores-tertulianos de la derecha y nombraron a Albert Castrillón, un señor al que no le deben de gustar los nombres en otros idiomas soltó: «De Albert, nada, Alberto». El Albert de Rivera tampoco le gustará. Menos mal que Valls, el francés, se llama Manuel, como debe ser. Los otros dos oradores (a cuerpo ellos) eran Carlos Cuesta y María Claver. ¿En qué momento se acepta algo así? Es curioso que el whatsapp haya sustituido al periodismo y el tertulianismo a la política. Y qué nivel, Maribel. Vale que esta concentración por la Unidad de España y para pedir elecciones a Pedro Sánchez se ha tenido que improvisar entre personas que no suelen estar de acuerdo (y algunas que ni se tragan: ahí está el tiquismiquismo de Rivera con Vox). Pero quizá debería haber un mínimo de rigor en los discursos. No dar munición a quienes se combaten. Políticos estaban los citados del escenario. También Teodoro García Egea o los presidentes autonómicos Juan Manuel Moreno Bonilla, que se perdió el bautizo que tenía, o Alberto Núñez Feijóo. Y otros que ya no están en política (o sí) como el balear José Ramón Bauzá, que recientemente abandonó el PP. «¿Viene por Vox?». «Vengo por Voxluntad propia» (riendo). Además, estaban por allí Juan Carlos Girauta, Javier Maroto, Isabel García Tejerina, Marta Rivera de la Cruz, Toni Cantó... El todo centro derecha español. También Adolfo Suárez Illana, el médium. Pedro Sánchez había dicho que el domingo en Madrid se iba a ver «una España en blanco y negro». Una del No-Do, vaya. De fachas. Una especie de España ludita contraria al magnífico progreso que el PSOE y sus socios promueven para lo que quede de España. En la plataforma de cine Filmin hay una sección que se llama «Blanco y negro moderno», donde están «Ida» «Frantz», «Paraíso», «Blancanieves»... Facha es una palabra con tantas capas de polvo y de pintura que no se sabe ya qué significa, como glamour. Lo mismo la España de ayer (40.000 o 200.000, pero un gentío digan lo que digan) se convierte en lugar común. En antesala, como los Globos de Oro, de otras cosas, de otras manifestaciones, de resultados electorales futuros. En blanco y negro. Pero moderno. Con «fachalecos» de colores. Lo mismo ayer lo que se vio fue «Arde Madrid». Y España.

De España http://bit.ly/2N14vs5

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