viernes, 7 de agosto de 2026

Menos mal, Júnior

Nos han devuelto a Mou, nos han traído a Diomandé (un Olise por estrenar) y nos han renovado a Vinicius, pero… ¡nos han dejado sin Rodri! Ni los milaneses en su soberbia despedida a Baresi han llorado como lloran los piperos rampantes la fuga de Rodri, para ellos el mejor futbolista de la historia, entre Pelé y Maradona, y muy por encima del doctor Sócrates, porque así se lo hace creer a estos zombis el fentanilo mediático. Con Mou en el vestuario blanco, querían renovar la leyenda Xavi-Casillas, los del Premio, con la pareja Rodri-Dani Olmo y el chau-chau en el Combinado Autonómico. –Menuda ganga, el Rodri. Y español. ¿Por qué unos tipos que nunca se preocupan por la españolización de España andan siempre tan preocupados por la españolización del Madrid? Cuando en el Congreso se leía el artículo de la Constitución de la Monarquía restaurada («Son españoles…»), Cánovas refunfuñó famosamente en su Banco Azul: «…los que no pueden ser otra cosa»). No digo que los piperos no sientan a España; conozco a alguno que no saca el perro a pasear sin su collar con la bandera roja y gualda (Cela, en la discusión constitucional del 78: o se dice gules y gualda o se dice roja y amarilla). Rodri, estando en el City, reclamó la españolidad de Gibraltar, y el piperillo no entiende que ahora, entre un haz de heno en Madrid y otro haz de heno en Barcelona, elija Barcelona, donde la idea de España está tan en solfa como en el Peñón. Hace muchos años que Fernández Flórez recogió en estas páginas ese españolismo pipero, un poco de pandereta, conmovedoramente infantil y sin duda bien intencionado, que no se fija más que en detallitos menudos, formales, cuya aparatosidad le sobresalta y le inspira apóstrofes, elegías y amenazas. Ese españolismo, decía, se encrespa cuando cualquier majadero arranca una bandera o profiere un grito hostil. Pero permanece inmóvil, sosegado, confiadamente mudo, cuando hombres hábiles, consagrados con obstinación al servicio de un odio, van cortando hilo a hilo el amarre espiritual con España. Espiritualmente, Rodri debe verse como el cabo que el madridismo bueno lanza al mundo culé para mantenerlo amarrado a la España tebana (de Tebas). Pero futbolísticamente Rodri no es Cruyff. Cruyff, como se sabe, estaba fichado por el Real Madrid, pero dejó de estarlo cuando sus representantes le tiraron de la americana pidiendo propinas a don Santiago Bernabéu, que pernoctaba en un hotel coruñés, a lo que Bernabéu respondió que se quedaran con el jugador y con las comisiones. («Nunca me habían hablado tanto ni tan bien de un jugador, pero ni él ni su presidente eran hombres de palabra. En el hotel Atlántico de La Coruña, cuando lo teníamos todo ya hecho y apalabrado, Van Praag pidió un millón de dólares y nos amenazó con ir al Barcelona. Liberé a Praag de su compromiso y se lo vendió al Barcelona, en Santiago de Compostela. La jeta de Van Praag me importaba un comino, pero la del jugador era fundamental»). –¡No me gusta su jeta! –resumió la situación. Y mientras en Florencia los tifosi reciben a Mastantuono como si fuera otro Maradona, en Madrid los piperos tuercen el morro por la renovación de Vinicius (por cierto, que se la paga él a golpe de anuncios), cuando por su criterio lo hubieran vendido para costear la Operación Rodri, cruzado incluido. «Menos mal, Júnior», lo celebró Toni Kroos. Mijatovic, que no se cansa de dar consejos a quien nunca se los ha pedido, aconsejó a Vinicius quedarse, aunque fuera perdiendo «cinco millones», y Vinicius le hizo caso en lo de quedarse, que no en lo de perder «cinco millones», a los que tan sensible es el pipero común, un bobo que necesita contratar una gestoría para que le hagan el prorrateo de las cotizaciones que le faltan para cobrar la pensión de mil quinientos euros, pero que, víctima del fentanilo mediático, le discute los céntimos al presidente que convirtió un club en quiebra en el club más rico del mundo. Mbappé vino a Madrid para jugar, no con Rodri, sino con Vinicius, y lo ha logrado. A mí sólo me faltan Saliba o Gvardiol. Y, si acaso, Angelo Stiller.

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