En la segunda parte del España-Uruguay volaron algunas entradas a destiempo y patadas extraordinariamente feas. Aparecieron las amonestaciones y los gestos destemplados. Tras el pitido final del árbitro —agilísimo para separar, en milésimas de segundo, a rivales enfurecidos— llegó la calma y los ánimos se apaciguaron. Me viene a la mente el sucedido que el gran José Luis Garci cuenta que escuchó en el madrileño Campo del Gas. Al concluir cada combate, los boxeadores siempre se abrazan. El entonces jovencísimo Garci preguntó el por qué a un aficionado. Esta fue su literal respuesta: «Porque las hostias se comparten con el más alto sentido del compañerismo y la deportividad». Pues igual ocurre en el fútbol, y también el pasado domingo en el estadio de Guadalajara al finalizar el partido con los deprimidos charrúas. El adjetivo que nos envuelve con su magia arrolladora es deportividad, que le ha servido, incluso al premier inglés Keir Starmer, para justificar su renuncia . Tras preguntar a su grupo parlamentario si era el mejor situado para liderarlo en las próximas elecciones, los diputados le responden con un mayoritario no, que Starmer aseguró «aceptar deportivamente». El fair play británico obliga, aunque, en el caso, parece significar que no le quedaba otro remedio, pues se había quedado sin apoyos. La deportividad como valor o incluso como virtud, apela al respeto, a la integridad, al juego limpio, a la igualdad, a la competencia sana (aunque intensa), al autocontrol, a la responsabilidad, a la corrección, y también a la disciplina y al sacrificio. La ética del deporte se conceptúa como deportividad que, como escribió Salvador de Madariaga, rige las relaciones del jugador con sus compañeros de equipo y también con sus adversarios, sin los cuales no sería completo el juego. Aristóteles pedía a la gimnasia que creara en los jóvenes «un espíritu fuerte en estratagemas, un alma audaz y prudente, emprendedora y aceptante». Veinticinco siglos después es lo que nos proporciona el fútbol, que es, de lo importante, lo poco que no inventaron los griegos. De tanto reiterarla ha perdido su frescura la afirmación de Albert Camus («lo que más sé, a la larga, acerca de la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol»), pero sigue siendo la expresión más certera para definir el deporte-rey como escuela de valores morales. Por algo dijo Ortega, refiriéndose al deporte en general, que éste es la »forma superior de la existencia humana« y es que, remató nuestro filósofo universal, la cultura no es hija del trabajo sino del deporte. Nelson Mandela —como nos cuenta John Carlin en 'El factor humano'— lo percibió perfectamente con el deporte hermano del fútbol, el rugby: «Tiene el poder de inspirar y unir a la gente como pocas otras cosas».
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