
Uno de los mayores éxitos de la Transición fue la legitimidad popular que se dio a la Monarquía por medio de la voluntad de todos los españoles manifestada el 6 de diciembre de 1978. Ese día culminaba un proceso que había tenido tres etapas. La primera concluyó el 22 de noviembre de 1975 cuando la Monarquía fue instaurada por el régimen del general Franco en la persona del entonces Príncipe de Asturias, Don Juan Carlos. La segunda, la restauración, tuvo lugar en el Palacio de la Zarzuela el 14 de mayo de 1977 cuando el jefe de la Casa Real española cedió a su hijo los derechos que había recibido de su padre en Roma en 1941, se cuadró ante él y exclamó: «¡Majestad, por España! ¡Todo por España! ¡Viva España! ¡Viva el Rey!» Y esas dos etapas se completaron en las urnas cuando el 87,78 por ciento de los votantes respaldaron el texto constitucional que en su artículo primero definía a España como una Monarquía parlamentaria. Don Juan Carlos supo hacer algo poco común en la historia política del mundo entero: recibir todo el poder, el que era propio de un dictador, y dárselo -más que devolvérselo- al pueblo español. Visto desde ahora parece muy sencillo, pero cuando él puso en marcha esa iniciativa política era una apuesta muy arriesgada porque en España casi no había monárquicos ni partidarios de su persona. La suya fue una apuesta arriesgada que salió muy bien. Apostó a que los españoles valorarían positivamente que él se desnudara de todos los poderes. Muchos dicen con facilidad que él supo que tenía que enfrentarse a los golpistas en 1981 porque los militares habían acabado con el reinado de su cuñado Constantino de los Helenos. Pero el 23-F no pocos de los que acompañaban al Rey se preguntaban si no hubiera sido conveniente guardarse algún poder más para hacer frente a los alzados. Pero ese día, apenas un lustro después de morir Franco, la nueva Constitución que había dejado a la Corona sin Potestas, la había llenado de Auctoritas.
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