domingo, 29 de julio de 2018

Un billete de autobús, una mano delante y otra detrás

Cae fuego del cielo en Algeciras. Además hay cinco incendios por culpa de unos pirómanos. Huele a chamusquina en las inmediaciones del pabellón del Saladillo, donde ubican a los inmigrantes rescatados hasta que la Policía les toma los datos. Allí no cabe nadie más, aunque en los puertos de las principales localidades costeras de la provincia de Cádiz aguardan, en unos casos hacinados en barracones y en otros sobre la cubierta de los barcos de Salvamento, otras tantas personas que también se cuentan por centenares. No podrán pasar por el polideportivo hasta que no haya hueco, una complicada misión. El viento trae ceniza a la ciudad cuando del pabellón sale una furgoneta con una decena de inmigrantes en su interior. Conducen dos agentes pero el vehículo no luce distintivos policiales. -¿Dónde van? -No sé, pero vamos a tomarnos algo que aquí hace mucho calor. Muy lejos no podían ir. Más bien parecía una solución improvisada ante la incesante llegada de inmigrantes que, como denuncia el alcalde del lugar, José Ignacio Landaluce, está llevando al límite a las organizaciones y al propio Consistorio. «Estamos dedicando muchos esfuerzos. El compromiso de la ciudad ante esta situación humanitaria es muy grande», reivindica el primer edil de Algeciras, quien sin embargo no entiende cómo el Gobierno y Europa no dedican más medios. «No puede ser que tengamos que gastar miles de euros para pagar los billetes de autobús de estas personas e incluso que tengamos que ir a pedir agua a los supermercados para que no les falte a estas personas», subraya Landaluce quien, sin querer, da pistas sobre el destino de aquella furgoneta conducida por policías. Efectivamente. Una decena de migrantes se congrega en el interior de la estación de autobuses de la localidad. No tienen mucho más que una botella de agua y un billete con destino a Málaga o Jerez, según el caso. Ninguno habla español. Decenas de inmigrantes antes de subir a un autobús en la estación de Algeciras - NONO RICO Mantee Thompson no es la excepción, pero este liberiano de 36 años sí que se maneja en inglés. En un pequeño bolso guarda algo de dinero y un teléfono móvil con una tarjeta telefónica marroquí, que quiere cambiar por otra de un operador español nada más llegar a Málaga. «No tengo familia en España, pero sí tengo amigos en Marruecos con conocidos aquí que me pueden poner en contacto con ellos», avanza Thompson, que es ingeniero y salió de su país por los «problemas de su familia». Sabe en qué autobús se tiene que montar, pero no tiene ni idea de dónde va a dormir esa noche una vez que llegue a Málaga, una incógnita que evidencia la falta de planificación al tramitar la salida de cientos de migrantes que ni tienen dinero ni hablan castellano. A mitad de conversación aparece la famosa furgoneta, en este caso secundada por otra similar. Ambas se detienen frente a las dársenas de la estación y de ellas se bajan otras veinte personas. La operación se repite hasta cinco veces más. Llegan las furgonetas y a toda prisa se marchan para que nadie se quede en tierra. Cada vez son más sin papeles los que esperan en las dársenas, para sorpresa de los trabajadores de la estación, que incluso hacen fotos. La sombra de las mafias Un hombre que dice ser de una organización humanitaria, pese a que no lleva ningún distintivo y prefiere no salir en las fotos ni identificarse, se acerca a los migrantes. Muchos todavía guardan dírhams y este individuo se ofrece como intermediario en el cambio de divisas. Habla con ellos en francés y algunos sospechan, pero se marcha con el dinero. Al rato vuelve con euros en la mano. El interés cobrado, si lo hubo, únicamente lo sabe él. Poco más hace por ayudarles y desaparece. Thompson, que no sabe quién ha pagado su billete, comenta que «no quiere problemas, sólo trabajar». España es su destino, ya que no tiene «posibilidad» de ir a otro punto de Europa. Bajo el brazo también lleva la orden de extradición firmada, un «arma» de doble filo. Por un lado es la prueba documental del día que entró en España –dato que podrá emplear para solicitar permiso de residencia en unos años–; mientras que por el otro, en caso de ser detectado, facilitaría los trámites para ser deportado. A las siete de la tarde, Thompson y sus compañeros suben a los autocares que cubren líneas comerciales. No saben si alguien les esperará al otro lado para ayudarles o simplemente tendrán que buscarse la vida. Otros inmigrantes con más suerte hacen viajes similares pero en autobuses contratados para la ocasión y que suelen formar parte de expediciones organizadas por colectivos humanitarios. A ellos sí les esperan. En cualquier caso, para ellos queda atrás Algeciras, cuyos montes dejaron de arder unas horas después aquella tarde, pero que todavía hoy padece otro «incendio» al que no puede responder: una grave crisis migratoria. Viajes más organizados No todas las salidas de inmigrantes de Algeciras son apresuradas y en autobuses que cubren líneas de media o larga distancia. Este diario también ha presenciado cómo, hasta a las puertas del polideportivo del barrio del Saladillo, en Algeciras, llegaban autobuses contratados con una misión: llevar a los inmigrantes hasta otras localidades donde, en teoría, les esperan integrantes de organizaciones humanitarias. «Pero a veces no hay nadie esperándoles», critica uno de los conductores de estos autocares, quien también denuncia que han de conducir sin ningún tipo de acompañamiento policial. Este es el caso de los más de 200 migrantes que llegaron a última hora del miércoles a Córdoba. Estas personas reciben apoyo humanitario en el pabellón de deportes de Vista Alegre, donde los que se encuentren en una situación de mayor vulnerabilidad podrán continuar un tiempo más. Siempre, claro, que la situación en las costas gaditanas no se recrudezca (más todavía) y obligue a reubicar a nuevos migrantes allí.

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