La Caja Mágica se electrifica en la noche del martes con un partidazo de fuegos artificiales y palomitas que termina con el adiós de Aryna Sabalenka, la vigente campeona, tres títulos en esta tierra, y que no ha podido aprovechar seis bolas de partido ante Hailey Baptiste, 24 años y 32 del mundo. La bielorrusa, que tuvo un inicio trabado ante Stearns, halló algo más de solidez contra Cristian, y permitió que Osaka le burlara un set, se encontró con un muro de contención que le frustró todos y cada uno de sus intentos por conservar su aura de superioridad. Baptiste, que estrenará semifinales de un WTA 1.000, se enfrenta a Mirra Andreeva, que batió a Leylah Fernández por 7-6 (1) y 6-3. Contaba Sabalenka con su aura y sus datos, su superioridad en este 2026 de 27 triunfos y solo una derrota, la de la final del Abierto de Australia, a la que ahora suma esta. Que también duele. Sobre todo porque este Madrid la adora y trata de empujarla en la noche del martes porque le tiembla la mano con los ganadores y los saques y enfrente tiene a una todoterreno que no la deja dominar. Y eso que en el primer set el guion es el propio de esta jugadora, capaz de ejecutar las derechas y los reveses a una velocidad de vértigo y desafiar al contador con saques a 203 kilómetros por hora. Pero se enreda la bielorrusa en el segundo capítulo porque Baptiste le ha perdido el miedo a la número 1. Que está la 32 del mundo, pero hay muchísimo tenis y fortaleza en su mano, como exhibe en la Manolo Santana. Se atropella a la hora de sacar, pero vuela al resto y ejerce todo su potencial para empezar a sacar de quicio a la bielorrusa: un 0-4 que inicia rumores en la Caja Mágica. La campeona sufre. Y pelea en balde en el segundo set porque, simplemente, Baptiste yerra menos. Y se desespera Sabalenka porque se encuentra la pelota siempre encima, la estadounidense no escatima en fuerza e intención, y son todos los restos a los pies, y ataques de lado a lado y una calma que todavía levanta más su frustración. Porque tiene un 2-0 a favor en el tercer set y se esfuma como la niebla. Ha aprendido a controlar su descontrol, su empuje, ese tigre que le grita desde el brazo que es la mejor, y con solvencia, y desde hace mucho tiempo. Así que se limpia la rabia, mira hacia el tendido para concentrarse, hasta cambia de raqueta por aquello de la tensión de las cuerdas, pero también en busca de una solución, de un cambio que la devuelva a la senda victoriosa. Lo tiene en su mano, un 'break' para recuperar la desventaja y presión al resto. Cinco bolas de partido se construye. Pero no es el día. Su mano no cierra y Baptiste aguanta. La grada disfruta, claro: derechas a 120 kilómetros por hora, saques que rozan los 200, alternativas de poder, un revés paralelo que supera a Sabalenka en la red y es una pelota de 6-5 y saque para la estadounidense. Partidazo. El mejor de Baptiste en los últimos meses, que roza la primera semifinal de un WTA 1.000 de su vida con los nervios propios y los nervios ajenos. Lo que tiene de arrojo la 32 del mundo, líder de saques directos (38 en el torneo, 12 en estos cuartos) también lo tiene de irregular. A grandes puntos, una doble falta y un segundo saque de pura tensión que saca la rabia de Sabalenka: restazo y al 'tie break'. En el desempate no es un partido más sino una partida de ajedrez. Sabalenka aprieta la empuñadura e impone desde el desafío, domina en los intercambios iniciales y se destapa con alguna alguna delicatessen. Pero sirve de poco cuando, simplemente, no es el día, porque tiene otra bola de partido con su propio saque (las otras cinco fueron al resto), y Baptiste le recuerda que también está allí, enfrente, con todo, para cerrarle la puerta de nuevo. Y abrirle la de la salida cuando logra desestabilizar una vez más a la bielorrusa y se gana una bola de partido. Y ella, a la primera, ejecuta un revés a la cruceta que se clava como un cuchillo en Sabalenka, y hasta la Caja Mágica se queda fría un instante porque significa el adiós de la tres veces campeona. Pero hay una Baptiste que levanta los brazos y despierta el aplauso de la grada. Se lo ha ganado; una roca física y mental ante la número 1, ante la que lo estaba ganando todo, ante la tres veces campeona en Madrid, ante la que aparece después con su perrito en brazos, como consolación. Baptiste culmina una proeza de las grandes.
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